El crecimiento registrado por la compañía refleja el aumento sostenido de la demanda de plástico reciclado de calidad certificada, una tendencia que el PPWR intensificará en los próximos años.
Cinco años. Es el tiempo que lleva OMT Recycling Project operando cuando cierra 2025 con una facturación de 26,6 millones de euros. Para quien conoce el sector, el dato tiene perspectiva: levantar un negocio de reciclaje de PET alimentario desde cero, con los estándares técnicos que exige esa aplicación, no es algo que ocurra deprisa ni por casualidad.
Tampoco fue una apuesta a ciegas. Cuando OMT se pone en marcha en 2021, la dirección que estaba tomando la regulación europea en materia de envases y contenido reciclado era ya bastante legible. La pregunta no era si la industria del envase iba a necesitar más rPET de calidad, sino cuándo y en qué condiciones. Construir la capacidad para producirlo con garantías reales llevaba tiempo, y ese tiempo había que empezar a invertirlo. Los resultados de 2025 son, en buena medida, la consecuencia de haber empezado entonces.
Lo que el mercado pide y no siempre encuentra
El mercado del rPET apto para contacto alimentario tiene una particularidad que no siempre se explica bien: no basta con reciclar. El PET es un termoplástico cuya viscosidad intrínseca se degrada con cada ciclo térmico al que es sometido. Un material perfectamente válido para otras aplicaciones puede no serlo para fabricar de nuevo una botella o una bandeja alimentaria. Lo que OMT ha desarrollado en estos años es precisamente la capacidad de revertir esa degradación, sometiendo la escama de PET postconsumo e industrial a un proceso de regeneración que recupera las propiedades del polímero hasta niveles equivalentes al material virgen.
Eso define también el perfil de sus clientes: fabricantes que trabajan en aplicaciones bottle to bottle, donde la exigencia sobre la viscosidad del material es máxima, y fabricantes de envases y bandejas alimentarias, con requerimientos algo distintos, pero igualmente sujetos a los estándares de contacto alimentario. En ambos casos, lo que buscan es lo mismo: un material predecible, consistente lote a lote, con la trazabilidad que hoy exige tanto el mercado como la normativa vigente.
Un proceso que no deja margen a la incertidumbre
Garantizar esa consistencia empieza antes del proceso de regeneración. En 2025, OMT incorporó un sorter de espectroscopía láser de alta velocidad que permite identificar y separar polímeros visualmente indistinguibles —PVC, nylon, PET con aditivos— alcanzando niveles de pureza del 99,9% en la fracción seleccionada y reduciendo al mínimo el desperdicio de material aprovechable. El laboratorio propio de la compañía completa ese control a lo largo de todo el proceso, verificando tanto la escama de entrada como la granza producida en cada lote.
No son incorporaciones recientes a un proceso improvisado. Son parte de la misma lógica con la que OMT trabaja desde el principio: la de construir un proceso donde el cliente sepa exactamente qué va a recibir y pueda depender de ello. En un mercado donde la demanda de rPET alimentario va a crecer de forma sostenida durante los próximos años —el PPWR establece porcentajes mínimos obligatorios de contenido reciclado que se irán implementando hasta 2030—, esa fiabilidad es cada vez más difícil de encontrar y cada vez más necesaria.

