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El dato ambiental ya no se cuenta: se gestiona, se verifica y se demuestra

Fábrica Dato

Durante años, la información ambiental de una empresa se gestionó principalmente como un contenido que había que preparar. Se recopilaban datos para elaborar una memoria, responder a un cuestionario de cliente, atender una auditoría o completar una presentación comercial. La prioridad estaba en explicar bien la información y en localizarla cuando alguien la solicitaba.

Ese enfoque describe cada vez menos lo que ocurre en muchas empresas industriales.

El dato ambiental ha pasado a formar parte de la información que se utiliza de manera habitual en la relación con clientes, proveedores y otros grupos de interés.

Y con ello ha cambiado también lo que se espera de ese dato. Ya no basta con afirmar que un producto incorpora material reciclado, que se ha reducido determinado consumo o que existe una mejora respecto a un periodo anterior. Hace falta saber de dónde procede la información, qué representa y qué documentación permite sostenerla.

En realidad, la dificultad no suele estar en disponer de una cifra. Está en conservar todo lo que permite interpretarla correctamente.

Un porcentaje de material reciclado, por ejemplo, necesita un contexto: a qué material se refiere, qué producción representa, qué periodo contempla y cómo se ha determinado. Lo mismo ocurre con otros indicadores ambientales. Una cifra puede ser correcta dentro de un determinado alcance y no ser adecuada para responder a una pregunta diferente.

Esto tiene una consecuencia bastante práctica. La información ambiental no puede construirse únicamente cuando llega el momento de comunicarla, tiene que ir generándose junto con la actividad que después se quiere describir.

 

La trazabilidad empieza antes del informe

En una empresa industrial, buena parte de esa información ya existe, aunque no siempre se haya considerado desde el principio como información ambiental. Está en las compras, en las especificaciones de las materias primas, en la documentación de los proveedores, en los consumos, en los registros de producción, en los controles de calidad o en la gestión de los residuos.

El reto está en mantener la relación entre esos datos y el indicador que finalmente se utiliza.

En el caso del PET reciclado, esta cuestión resulta especialmente clara. El material que llega a una planta tiene un origen y unas características determinadas. Después pasa por procesos de transformación y controles que forman parte de la fabricación del producto. Si posteriormente se necesita demostrar el contenido reciclado de una producción o aportar información sobre el material utilizado, la respuesta depende de que ese recorrido esté suficientemente documentado.

Por eso, la trazabilidad no debería entenderse como una tarea que se añade al final del proceso. Empieza en la manera de trabajar con las materias primas y continúa a través de las distintas etapas de producción.

También afecta a la relación con los proveedores. Una declaración sobre contenido reciclado, emisiones u otras características ambientales puede ser útil, pero conviene conocer qué cubre exactamente, qué periodo representa y qué documentación la acompaña. Para quien compra, disponer de esa información con suficiente precisión empieza a formar parte de una relación de suministro en la que ya existen otros criterios técnicos y de calidad.

No significa que todos los datos tengan que someterse al mismo nivel de comprobación. Sí significa que, cuando una información va a utilizarse para respaldar una afirmación concreta, debe ser posible conocer sus límites y su procedencia.

La misma lógica se aplica dentro de la empresa. Cuando los datos se recopilan únicamente al final del ejercicio, es más fácil que aparezcan dudas sobre el origen de una cifra, que haya que localizar documentos dispersos o que resulte complicado reconstruir un cálculo realizado meses atrás.

Además, los procesos cambian. Puede cambiar un proveedor, una materia prima, una referencia, una línea de producción o la forma de registrar determinada información. Mantener un histórico y conservar el criterio utilizado permite distinguir un cambio real en el indicador de un cambio producido simplemente por la forma de calcularlo.

 

Del dato a la decisión

Todo esto hace que la información ambiental tenga una relación cada vez más directa con áreas que tradicionalmente no se ocupaban de ella.

Compras necesita valorar la información que recibe de sus proveedores. Calidad necesita comprobar que determinados datos son coherentes con las especificaciones y controles del producto. Producción genera buena parte de la información que después se utiliza para calcular indicadores. Sistemas ayuda a conectar fuentes que hasta ahora se gestionaban por separado. Y comunicación necesita trasladar esa información de manera comprensible.

También cambia el nivel de detalle que puede necesitarse: qué ocurre con una referencia concreta, qué material se ha utilizado, qué información puede asociarse a un determinado producto. Eso obliga a trabajar con distintos niveles de información y, sobre todo, a saber qué puede afirmarse con cada uno de ellos.

El dato ambiental deja así de ser un contenido que se prepara para ser contado. Se convierte en una parte de la información que la empresa necesita conocer para gestionar sus materiales, sus procesos y sus productos, y para poder explicar con rigor aquello que hace.

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